jueves, 4 de septiembre de 2014

De lo que descubres...

... y te sorprende

Crees que conoces a las personas y crees que tienes clara la relación que hay entre vosotros, y también intuyes que clase de sentimiento tienen hacia ti. Y resulta que te equivocas.

Esta vez mi equivocación ha sido para bien. No ha sido una decepción, como estoy acostumbrada.

Es mucho el tiempo que pasamos juntos, son muchas las cosas que hemos estado compartiendo. Pero a veces me preguntaba si no era rutina, comodidad. Pero no… porque los pequeños detalles en los momentos más importantes te demuestran que no es la costumbre, que la relación es mucho más profunda de lo que tú te habías imaginado.

Y de repente una avalancha de sensaciones te inunda y te preguntas… ¿en qué momento ha pasado todo esto? ¿Cuándo hemos pasado a tener una relación de auténtica amistad? Pues sabes qué… que no lo sé ni me importa demasiado.

Quizá el que lea esto pensará que lo que hablo son tonterías… bueno… eso dependerá de la importancia que cada uno dé a sus amigos y las relaciones con ellos. Para mí, mis amigos son parte de mi familia, personas con las que puedo contar y a las que puedo pedirles consejo sobre cualquier cosa. Sé que harán lo posible por ayudarme, dentro de lo que esté en sus manos. No me había dado cuenta hasta hace unas pocas semanas de que dos personas se habían incluido poco a poco en mi lista de apoyos imprescindibles.
Lo he descubierto en uno de mis momentos de “distancia”. Ya escribí hace tiempo sobre ello, esas veces en las que una necesita alejarse de lo que está viviendo, de lo que le está pasando, de lo que siente y piensa para mirarlo con un poco de objetividad, desde la “distancia” y darse cuenta de muchas cosas que no contemplas por la rutina diaria. En uno de esos momentos de “distancia” he visto pequeños detalles, algo que podríamos llamar gestos… pero que se producen en momentos importantes, momentos en los que si tu no importaras, no estarías.

Por eso hoy escribo, para terminar de darme cuenta y creerme que dos grandes personas han querido que forme parte de sus vidas. Dos personas cuentan conmigo, y yo sé que cuento con ellos.


Un beso a los dos, aunque no me leais desde aquí. 

miércoles, 23 de julio de 2014

De "Un cadáver entre plato y plato" y...

... de lo que llegas a aprender leyendo una simple novela.

"Un cadáver entre plato y plato". Un libro que me llamó la atención únicamente por su título. Paseando por una gran superficie, nos encontramos con la sección de lectura. Mi pareja y yo tenemos la (buena o mala, no sé) costumbre de pasarnos por estos espacios para ponernos al día sobre las novedades literarias y cogemos ideas de títulos interesantes para leer durante nuestro tiempo libre. Aunque he de reconocer que, de todos los tipo o ramas o vertientes literarias que tenemos a nuestra disposición, a mí me tiran mucho más las novelas policíacas o novelas negras. Investigación, muertes extrañas, intriga, conspiración....

Y resultado de esta preferencia que me viene de niña, he llevado prácticamente un año de lecturas apasionantes. Después de conocer la saga de John Verdon ("sé lo que estás pensando", "No abras los ojos", "Deja en paz al diablo", "No confíes en Peter Pan" ) y Glenn Cooper ("La biblioteca de los muertos, "El libro de las almas", "La llave del destino", "La hora de la verdad", "El fin de los escribas"), ha caído en mis manos Un cadáver entre plato y plato de Tom Hillenbrand y me ha sorprendido.

En realidad no me parece una novela extraordinariamente buena, de esas en las que el secreto del argumento permanece oculto hasta las últimas 20 páginas. No es de aquellas que te dejan con la boca abierta cuando descubres el meollo del asunto, ni de las que te quedas sonriendo como una idiota cuando cierras el libro. Pero aún con todo lo anterior... me ha encantado. Creo que la intención del autor no era crear una ingeniosa historia de crimen, sino que pretendía dar a conocer la ciudad que sirve de escenario al libro y su rica gastronomía. Los sucesos "negros" y la historia de una especie de conspiración gastronómica sirven al autor como una especie de autobús turístico que traslada al lector a las calles de Luxemburgo y a sus restaurantes. La historia está salpicada de nombres de platos típicos luxemburgueses, y por su proximidad, también franceses, alemanes e italianos.
El libro te adentra también, aunque de una forma bastante superflua, a la alta cocina y el mundo jerárquico y especializado que es el de la cocina. Puedes aprender, por ejemplo, que para que una cocina profesional funcione debidamente debe existir un orden específico en la manera de disponer los ingredientes e instrumentos; o que existe un electrodoméstico que se llama salamandra que es una especie de "horno al aire" que permite gratinar y mantener calientes los platos.

Lo que me ha gustado de este libro no es tanto la historia negra que cuenta, sino la manera en que el autor consigue (al menos en mi caso) que tan pronto te concentres en la investigación, como que prestes atención a la descripción de la ciudad, para que luego te olvides de todo ello e intentes imaginar el aspecto, aroma y sabor de los platos que va presentando a lo largo de las páginas.

Ahora me he quedado sin nada que leer, así que volveré a mis paseos por las secciones de libros de los grandes almacenes para ver qué puedo pescar.

viernes, 11 de julio de 2014

Seguimos restando a la cuenta

Hace unos meses hablaba de borrón y cuenta nueva?

Y comentaba que no borraba la cuenta, que la necesitaba presente para no volver a equivocarme. ¡Qué bien hice!

¿Sabéis eso de creer estar hablando con una pared? O ¿eso de creer que estás afónica porque hablas y parece que no te oyen? O ¿creer que eres imbécil por estar hablando sola?

Pues eso va restando en la cuenta que ya tenía, se va quedando en números rojos. Ha llegado un momento que ya no cabe más y he dicho BASTA. Basta de intentarlo y ver que por la otra parte no hay ni un mínimo de respeto, de civismo, de cordialidad, de amabilidad, de EDUCACIÓN.

Si tu quieres hacer como que no existo y como que no te interesa lo que te cuento, no te preocupes. No te voy a volver a poner en la difícil situación de tener que contestarme a un simple ¿qué tal todo? No te vas a volver a ver en el compromiso de tener que mirarme y hacer como que me escuchas. Y por todo ello te doy las GRACIAS, porque así yo no me sentiré forzada a sacarte conversación, no me veré en el gran compromiso de parecer que me interesas, me has liberado de una carga enorme.

Por todo lo demás que seguía apuntadito en la cuenta, también te doy las gracias, porque has hecho que me de cuenta de tres cosas: de una gran amiga que no sabía que tenía, de lo que me quiere la persona que tengo a mi lado y me defiende con uñas y dientes, y de lo que soy capaz de hacer por esa persona.

Gracias por la experiencia que me das. Lo único que siento es la forma en que estás jorobando la vida de otra persona, pero que cada palo aguante su vela y que cada burro tire de su carro.


jueves, 29 de mayo de 2014

De personas que no ves a menudo

y aún así, cuando te acuerdas de ellas, una sonrisa se dibuja en tu cara.

Hoy me ha pasado eso con una persona a la que hace muchos años a la que no veo y con la que no hablo habitualmente. Pero da igual. No sé porqué, no me explico porqué después de tantos años, de tanto tiempo sin saber uno del otro, cuando de uvas a pera cae un mensaje a través de Facebook, nos respondemos como si acabáramos de despedirnos. Nos hemos conocido poco, casi diría que superficialmente. Pero creo que ese corto tiempo hizo que naciera entre nosotros un enorme cariño, que aún a día de hoy y a pesar de los pesares sigue pululando por encima de nuestras cabezas.

No será un confidente, amigo imprescindible. No seré su gran apoyo para los malos momentos. Sólo somos dos personas que coincidieron un tiempo en un momento de sus vidas, y que ese momento, para uno y otro, ha tenido cierto significado. Sólo queda un bonito recuerdo de esos días, un cariño casi injustificado, y un deseo tremendo de que al otro todo le vaya bien. Al menos, es lo que me queda a mí.

Un día, cuando volvamos a coincidir, que estoy segura, ambos nos alegraremos de vernos. Mientras la vida quiera que esto pase, a seguir disfrutando de lo que nos brinda a diario.



lunes, 12 de mayo de 2014

Un mes y/o dos semanas más tarde...

Un mes desde nuestra primera (y última) conversación donde me disculpaba por mi comportamiento. Dos semanas desde la última vez que nos vimos.

Una conversación que si no hubiera sido por mi predisposición no se hubiera producido, ni hubiera terminado como terminó. No pretendo echarme flores, hacerme la importante, o merecerme todos los méritos. Nada más lejos de mi voluntad. He escrito en este blog varias entradas motivadas por discusiones, decepciones, desencuentros entre nosotras. Pero la de hoy se distingue de las demás en que esta vez no me sorprende, porque desde que colgué el teléfono lo tenía asumido.

Todo empezó (o acabó, según se quiera ver) en Octubre. Una mala contestación por mi parte, con razones suficientes, pero mala al fin y al cabo. Pasaron los meses, y por mi cabezonería y orgullo no levanté el teléfono hasta Enero. Llamé con la intención de felicitar el año e interesarme por tí y por cómo te había ido en todo este tiempo. Tras 4 meses sin hablar y sin saber la una de la otra, ¿cuál fue tu respuesta? Estabas saliendo de casa y todo te iba bien, adiós. Menos de 3 minutos de conversación.

No volví a coger el teléfono hasta abril, cuando no podía más con la situación. Se avecinaba el momento en que tendríamos que volver a vernos y a mi no me gustan las cuentas pendientes. Fui valiente, para decir todo lo que dije, y no valiente con respecto a tí, por ser la que diera el paso, sino valiente con respecto a mí misma, porque asumí todos mis errores y pedí disculpas, algo que a todos y todas nos cuesta muchísimo. Valiente con respecto a mí misma porque también asumí muchos de los defectos que tengo y que provocaron que llegara la situación hasta ese extremo. Pero también fui un poco.... imbécil. Por soportar durante una hora y media una cantaleta totalmente falsa, llena de mentiras. Imbécil, por pedir hasta 30 veces disculpas por un hecho que ocurrió una sola vez. Imbécil también por no decirte todas y cada una de las cosas que haces (y no haces) que perjudican nuestra amistad. Imbécil por hacer borrón y cuenta nueva cuando sabía que tú no lo ibas a hacer.

Son pequeños detalles los que me hacen actuar como actúo. Te escudas en que no tienes wasap para justificar tu alejamiento. Pero cuando no teníamos eso, ¿cómo estábamos en contacto? E-mail, teléfono, sms... Multitud de formas para seguir hablando y mantener un poco el hilo. Medios que no usas, porque no quieres. Demasiado centrada en tus cosas, demasiado egoísta con tus propias preocupaciones y problemas. Demasiado egoísta con todo lo tuyo, porque ni quieres compartirlo, ni quieres saber nada de los demás. Así vas por buen camino.

Hace dos semanas que nos vimos por última vez, después de nuestra famosa conversación. Tuve que ir mentalizada, porque soy una persona a la que se le nota muchísimo todo lo que me pasa. Pasamos una tarde-noche agradable, en torno a los viejos tiempos, recordando cosas de años anteriores, y todo porque una de las nuestras se va a otro país. Y después... ¿qué? Después no ha habido nada. Ni un mensaje, ni un correo, ni una llamada. Absolutamente nada. Por mi parte tampoco, pero ya no quiero hacer más la imbécil. Porque ese mismo día volviste a tener pequeños detalles que siguen demostrándome lo alejada que estás, y lo poco que te importo. Por que si no te importa cómo estoy, cómo están los míos, qué tal va el trabajo o el no trabajo, qué quiero hacer ahora, o más adelante... es que no te importo.

Esto ya lo tenía asumido desde que colgué el teléfono hace un mes. Y creo que seguiremos así, porque no pienso volver a soportar una hora y media de chorreo, en esta ocasión sin ninguna razón.


lunes, 5 de mayo de 2014

Competencia feroz

Hace un año, cuando me puse en contacto con la realidad de mi profesión por primera vez, hubo mucha gente, compañer@s de profesión, que me dieron una palamdita en la espalda, me animaron a seguir dando pasos hacia mi asentamiento profesional definitivo, y con una sonrisa de oreja a oreja me decían que contara con ell@s para todo lo que necesitara. 

Todos hemos tenido una primera vez en el mundo laboral. Pero no todos han tenido la sensación de absoluta soledad profesional que me invade cada vez que me enfrento a un nuevo asunto, un nuevo cliente, un nuevo procedimiento. 

Al final todos aprendemos, pero no todos tenemos el mismo camino de aprendizaje. En una cafetería, si no sabes cómo funciona la máquina del café, te lo explican, pones dos cafés, y todos son iguales. En un supermercado, sino sabes cómo funciona la caja registradora, te lo explican y el segundo día das a las teclas sin mirar porque te las sabes de memoria. Una abogada sale de la facultad habiendo redactado, a lo sumo, una demanda en todos sus años de estudio. ¿Cómo se siente una cuando le llega su primer asunto y no sabe para dónde tirar? Sabes la teoría, sabes qué ley tienes que aplicar. Sabes, casi en el primer momento, cuánto de razón puede tener tu cliente y hasta dónde pueden llegar sus pretensiones, pero... ¿Cuánto tardará el Juzgado en darme fechas? ¿Qué clase de documentos me van a llegar a partir de ahora? Y un sin fin de preguntas más, por ejemplo... ¿cómo taso una actuación que no aparece en el libro? ¿qué puedo cobrar de mínimo? ¿y de máximo? ¿es necesario que presente tasación de costas, o me requiere el secretario? ¿este escrito lleva tasa? ¿habrá una vista de ratificación, cuándo?

Y ante todas las dudas del mundo mundial recurres a esa gente que hace un año te decía que podías contar con ella para todo lo que necesitaras... ¿y qué te encuentras? Absolutamente nada. Ni respuesta, ni atisbo de haberla. 

Y te quedas pensando, ¿de qué sirven esas normas importantísimas según algunos veteranos profesionales? Visto lo visto sólo son importantes algunas, pero no todas. Esa parte en la que los abogad@s tenemos la obligación de auxiliar a los "novatos" no se la han leído. No quiero que hagan mi trabajo por mí, sólo pido orientación. 

Una profesión en la que cada nueva incorporación se ve como una competencia, alguien más que te puede quitar a tu futuro cliente, alguien que no tiene ni puta idea. 

Estoy recordando una anécdota muy buena.... Estando en el despacho de una compañera para firmar un acuerdo extrajudicial, la compañera en cuestión llega comentando que acaba de poner una denuncia en comisaría porque le robaron el bolso en un restaurante. Decía que "total... no sé ni para qué me molesto si esto es sólo una falta de hurto". Cuando enumera todo lo que le habían sustraído, empiezo a hacer cálculos mentales (bolso de marca, iphone, cartera con 350 euros, llaves del coche y de casa...). Y con las mismas le digo a mi compañera que efectivamente es hurto puesto que no ha habido violencia, pero que sí merece la pena denunciar porque es un delito y no una falta. Lejos de, en todo caso, discutir conmigo jurídicamente sobre porqué le dí esa respuesta, lo único que hizo fue desacreditarme y humillarme como profesional con una sola pregunta: "¿Y tú eres abogada?". Aún no habíamos firmado el acuerdo, así que necesitaba tenerla a predisposición, así que me tragué lo que le hubiera contestado de ser otra la situación. Sí, soy abogada, joven, sin experiencia, pero al menos aún recuerdo la diferencia entre un delito de robo y un delito de hurto, pero sobre todo sé distinguir entre falta de hurto y delito de hurto, porque parecía que a esta compañera se le olvidó estudiar el artículo 234 del Código Penal. O eso o es que tiene en muy poco estima el dinero que cuesta su iphone, su bolso de marca y sus 300 euros de honorarios que llevaba encima. 

Esta anécdota me subió un poco la moral, ya que me dí cuenta que la experiencia es un grado, pero no es garantía de nada. 

Desde aquí le doy las gracias a tod@s los compañer@s que a diario siguen prestándome su ayuda y orientación, pero también se las doy a los que van poniendo zancadillas, porque provocan en mí un ánimo de superación más grande. 

martes, 18 de marzo de 2014

De todo un poco...

... y de nada mucho. 

Estas semanas sin pasarme por aquí tienen justificación. 

Ni tiempo, ni ganas de contar nada. 

Pero ha llegado el día. Y quiero escribir. De los pequeños detalles. De los más ínfimos, casi invisibles. De cómo pueden decir mucho más que las palabras o sonrisas más vistosas. Podríamos reducirlo todo a "lenguaje corporal", pero va más allá de los gestos, de la mirada desviada, de tocar el pelo, de cruzar los brazos, de tocarse una oreja, de la caída de párpados o del levantamiento de cejas. Es lo que denomino "lenguaje implícito" o "lenguaje sentimental". Un lenguaje que percibimos por las sensaciones que nos transmiten ciertos comportamiento (o la ausencia de ellos) de las personas con las que nos relacionamos. No negaré que ese lenguaje implícito/sentimental es altamente subjetivo y puede que hasta sugestivo, pero ¿acaso el lenguaje corporal no lo es? ¿Y acaso el lenguaje corriente tampoco?

Utilizar una u otra palabra en una frase, en un texto y en un contexto depende de las experiencias, formación, ideología y otras muchas más características de la persona que la emite. La percepción, entendimiento y significación de la misma palabra también depende de esas mismas experiencias, formación, ideología y otras muchas más características de la persona que la recibe; y que no tiene porqué ser la misma significación que la que asume el otro cuando emite el mensaje. 

Llevarse la mano a la oreja cuando estamos contando algo suele significar que estamos mintiendo. Densos  y numerosos tratados sobre lenguaje corporal contienen esta misma afirmación. Pero puede ocurrir que, lejos de la interpretación que realiza el receptor del mensaje en este sentido, lo único que haya ocurrido es que al emisor le picara la dichosa oreja. 

Por tanto, ninguno de los lenguajes que podemos utilizar en nuestras comunicaciones son totalmente objetivos y claros, porque de serlo no se sucederían a diario malinterpretaciones, malentendidos. Con ello quiero decir que no puede utilizarse esa sugestividad y subjetividad del "lenguaje implícito o sentimental" como crítica para su validez en determinadas situaciones, puesto que ha quedado demostrado que el lenguaje tradicional y el corporal (tan de moda en los últimos años) también pueden llegar a adolecer de esos mismos males. 

El lenguaje implícito, o lenguaje sentimental, no siempre se percibe. Debemos tener una predisposición a detectarlo. Con predisposición no quiero decir, y no contemplo, la posibilidad de llegar a inventarnos o a rellenar "un vacío" de significado. Con predisposición me refiero a tener una actitud interpretativa, o si se quiere, crítica de los comportamiento y energías que otros desprenden. Para explicarme, un ejemplo: 

<<Acabas de salir de una reunión con un compañero/amigo/conocido/familiar en el que habéis comentado cosas quizá importantes. Sales acompañado de tu interlocutor a la calle, y terminas de comentar ciertos flecos que han quedado sin zanjar en tu reunión. Tu compañero habla y contesta, pero camina hacia alguna parte sin decirte que le sigas o le acompañes para terminar de cerrar la conversación. Tampoco se despide de ti, ni deja para otro momento lo que estáis hablando.>>

¿Qué conclusión podemos extraer de esta situación? En el plano más superficial, el del lenguaje formal, sólo podríamos extraer como conclusión lo que se haya dicho. Si nos acercamos al significado del lenguaje corporal, un segundo nivel, menos superficial, podríamos concluir que nuestro interlocutor tiene mucha prisa en llegar a algún sitio que no es en el que nos encontramos. Pero ¿nos quedamos sólo ahí? ¿No hay otras razones? ¿No hay más mensajes implícitos en ese comportamiento (no sólo en la acción de "irse", sino en esa acción revestida de todos los detalles comentados)? A mi entender sí. Y esa significación extra es lo que yo he denominado como lenguaje implícito o lenguaje sentimental, que se encuentra en un tercer nivel de comunicación mucho más profundo, y que no todo el mundo identifica, ni siquiera llega a plantearse su existencia. Para mí ese tercer significado de la escena planteada es el siguiente: "Me importa poco o menos lo que hemos hablado, lo que estamos hablando, y todo lo que gire alrededor de esta conversación"

Algunos podrían volver a la crítica del subjetivismo y sugestión, y dirían que eso ya es cuestión de educación, en concreto de una mala educación. Y yo les contestaría que quizá podrían tener razón, pero la mala educación no implica que no pueda apreciarse ese tercer mensaje implícito, o quizá incluso sea la mala educación la fuente del mismo, puesto que si nuestro interlocutor hubiera tenido un comportamiento ajustado a la norma social de "buena educación", habría esperado a que se zanjara el asunto en cuestión, o se habría disculpado y justificado por tener que abandonar la conversación, prometiendo una nueva puesta en contacto y despidiéndose de nosotros. Si hubiera tenido este comportamiento (buena educación "no sincera", es decir, buena educación falsa, inventada, hipócrita, en-fachada, falaz), ni siquiera con la predisposición o con las alertas para captar "terceros mensajes" podríamos extraer conclusiones implícitas o sentimentales. Por lo que, esa mala educación (sincera, en este caso), es lo que nos ha permitido captar el mensaje; lo que no quiere decir que la no percepción o detección de dichos mensajes suponga su no existencia. Que nuestro interlocutor se hubiera tenido un comportamiento adecuado socialmente (buena educación), ¿impediría de alguna manera que pensara "me importa poco o menos lo que hemos hablado, lo que estamos hablando, y todo lo que gire alrededor de esta conversación"?

No siempre podemos o nos dejan captar el mensaje implícito; otras muchas veces no lo detectamos por falta de predisposición a analizar nuestra convivencia cotidiana; y muchas, muchísimas veces, la gran mayoría del tiempo, no somos conscientes de que nosotros también lanzamos mensajes implícitos. 

Considero que aprender a descifrar este lenguaje sentimental es importante para las relaciones interpersonales, evitará alguna que otra decepción, sorpresa..., llámese de distinta manera según las consecuencias de cada situación. Sólo tenemos que poner atención a los detalles, como dije al principio, incluso aquellos ínfimos, casi invisibles, imperceptibles. Desarrollemos la capacidad sensorial del lenguaje, que la hay.